‘El huerto de la memoria’: Puerto del Rosario y Fuerteventura, en deuda con el Maestro Carámbula

Indagando sobre Manuel Velázquez Cabrera, ese majorero ilustre de Tiscamanita al que tanto debe la Canarias de hoy, se encontró Felipe Bermúdez -investigador y divulgador incansable, en los últimos años sobre todo desde la Fundación que lleva  el nombre y el legado del ‘padre’ de los modernos Cabildos canarios- con otro singular personaje de esta tierra, una auténtica ‘joya de la memoria’, una figura olvidada y machacada que expresa muy bien y debe significar mucho en la historia de la gente de esta isla.

 

De familia de emigrantes -siempre la emigración como una constante de la historia de Fuerteventura y de Canarias; antes, a lo largo de siglos, migración de ida, huyendo de las frecuentes hambrunas provocadas por años continuados de sequía y por la falta de expectativas; de llegada, a partir de los años 60 del siglo XX, el momento en el que a nuestra isla le cambiaron la suerte, la mala suerte, la aparición del agua potabilizada, del turismo, de Radio Ecca y, con la democracia, de Asamblea Majorera, a cuyo ‘milagroso’ nacimiento contribuyó como nadie Felipe Bermúdez, animador de movimientos cristianos de base, que fueron clave en la fundación de ese movimiento político y que tanto se echan en falta en la Iglesia de hoy, demasiado encerrada en iglesias y sacristías-, para Juan Cabrera Carámbula, joven vecino de Tetir, como para miles de majoreros, emigrar era dar un paso más, relativamente normal, previsible, en su trayectoria vital. Un paso que dividía a la población de aquí: a un lado, quienes se resignaban, o sus situaciones personal y familiar no les permitía aventuras, a quedarse y ‘escapar’, sin expectativa alguna de mejora, en una tierra incapaz de dar -y no siempre- más que la comida a sus habitantes; y, a otro lado, los que, porque ‘sólo se vive una vez’, preferían jugársela y, casi siempre siguiendo los pasos y aprovechando en muchos momentos la influencia y contactos de quienes habían emigrado antes, ensayar una segunda etapa de su vida lejos, muy lejos, de su tierra.

 

Es, por tanto, nuestro personaje, un exponente de una de las grandes injusticias de los procesos migratorios. Una injusticia que se expresa, por una parte, en el vaciamiento de las zonas rurales (paradójicamente, el apellido ‘Carámbola’ llega a Fuerteventura a mediados del siglo XIX, desde Gran Canaria, en un proceso de repoblación de los valles de nuestra isla, entonces prácticamente vacíos de habitantes); y, por otra y sobre todo, porque se van, generalmente, ‘los y las mejores’, las personas más inquietas y preparadas, las que cada comunidad local necesita como a ninguna otra como líderes sociales, políticos, empresariales…

 

Buen ejemplo de ese trasvase de talento local a la tierra de acogida de los emigrantes es la saga de los Carámbula: destacados compositores e intérpretes musicales, actores, académicos, médicos, políticos… que llevan ese singular apellido y que tenían raíces majoreras, dieron esplendor a Uruguay. Otra Fuerteventura, menos mísera y desolada, hubiera sido posible si hubiera podido retener aquí ese talento.

 

Canarias padeció, en varias oleadas, esa sangría de cerebros, que se fueron sobre todo a Cuba y  Venezuela. Todavía no se recupera nuestro Archipiélago de esa inmensa pérdida de personas cualificadas y emprendedoras, cuando, de nuevo, volvemos a ‘exportar’. Ahora, titulados universitarios, que nos han costado, cada una o uno, cientos de miles de euros hasta convertirse en profesionales formados (sin contar lo que han pagado sus familias por esa formación), y que, recién culminada su carrera, se tienen que ir y, con esa emigración, beneficiar a países más ricos, como Alemana o el Reino Unido, a los que no ha costado nada tenerlos y enriquecer con ellos sus servicios públicos o sus empresas.

 

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Porque, como afirma el autor, ‘la historia no se construye desde el olvido’, sino desde la memoria, el libro que lleva este título, de muy reciente publicación, es un magnífico ejercicio a través del que conocer y dar a conocer la verdad, dar voz a los vencidos y humillados por los vencedores de la Guerra Civil, y escuchar y hacer justicia a sus familias, marcadas y avergonzadas por el silencio impuesto.

 

Centrándonos en la figura que protagoniza este trabajo, la búsqueda de expectativas de vida que nuestra isla no ofrecía y el impulso de su madre llevan a Juan Cabrera Carámbula a San Isidro de Las Piedras, en Canelones, provincia uruguaya, ya por entonces un destacado emplazamiento de conejeros y majoreros.

 

Uruguay, entonces, como la Fuerteventura de las décadas recientes, con la llegada del turismo, necesitaba gente emprendedora y mano de obra con ganas de trabajar. Buen lugar, ambos, antes allí como ahora aquí, para emigrantes dispuestos a buscar un futuro mejor para sus familias.

 

Emigrantes procedentes de Lanzarote y Fuerteventura destacan, por su número e influencia, en esos años de pleno desarrollo de Uruguay y, más en concreto, en Canelones. Ahí está buena parte de la explicación del efecto llamada: la correspondencia de entonces y los wathsapp de ahora animan a familiares, amigos y conocidos a dar el mismo salto migratorio que otras personas cercanas que emigraron antes. Ésa tuvo que ser la razón principal de la concentración de canarios en la zona de Canelones, cuyos habitantes se reconocen como ‘canarios’..

 

El futuro se presentaba prometedor para este majorero emigrante en el país que lo acogió. Pero ‘algo’ tiene esta tierra nuestra, que atrae a sus hijos hasta el punto de hacerlos renunciar a esa seguridad y regresar, como lo hace el Maestro.

 

Y quien vuelve es un Juan distinto: inquieto, formado, culto, cargado de ilusiones de progreso y justicia social. Con sacrificios, no para hasta obtener la titulación y ejercer como lo que quiere ser: maestro. Y en Tetir, su pueblo. Hermoso contraste con el joven que tuvo que escapar, dos décadas antes, de esa misma Vega.

 

… Pero llega el golpe de Estado del 36 y el Régimen franquista declara rebeldes a los que tuvieran cualquier forma de proximidad con la legalidad republicana (real o no, porque bastaba una denuncia por viejas rencillas entre vecinos, o por celos, para caer en desgracia).

 

Con la dictadura, se implanta una sólida cultura del silencio y el miedo. Para castigar a los vencidos, cohesionar a los vencedores y atemorizar al conjunto de la sociedad. Las formas son tan variadas como, siempre, crueles: muerte, desaparición, encarcelamiento, ruina, destierro, confinamiento, inhabilitación, aislamiento, vigilancia, humillación… Testigo directo de ese silencio impuesto es el propio autor de este libro, que encuentra entre los maestros depurados (en Fuerteventura, 6 de cada 10) a su propio padre y a una tía, conociendo y desvelando en este trabajo una parte de la historia familiar sobre la que los suyos habían echado un manto de olvido.

 

En Fuerteventura, alejada geográficamente de la contienda -aunque pagará también un alto precio en vidas en los frentes de batalla-, la represión del franquismo fue más suave y limitada.

 

… Pero no para El Maestro. Con Juan Cabrera Carámbula se cebó el Régimen. Tres, nada menos que tres, fueron los procesos a que lo sometieron. Por supuesto, sin garantías, dando por ciertas evidentes falsedades, desoyendo cartas de apoyo de padres y madres de sus alumnos, de curas, alcalde o juez.

 

Recluido, desanimado y malviviendo en su conocido huerto, que acabó siendo ‘su prisión’ -y que desaparecería, hasta quedar completamente olvidado-, la mucha gente que, desde toda la isla, acude a su entierro en señal de aprecio y respeto, acreditó, con ese reconocimiento espontáneo, que sabían, porque lo conocían, que Carámbula siempre fue ‘hombre de orden y recogido en su casa’ o, en palabras del centenario Don Alfonso De la Cruz (fallecido hace unos días), ‘un caballero, muy educado’, que, en la obsesión represora de un sistema nacido de un golpe de estado ilegal, mediante ‘calumnias indignas’, acabó su apasionante vida con su ‘dignidad (y la de los suyos) vilmente pisoteada’.

 

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Estamos ante un gran trabajo. Fundamentado en una rigurosa indagación de fuentes y datos históricos, valiente, ameno hasta hacer posible su lectura ‘de una sentada’…

 

… Pero no desapasionado. Este es un libro riguroso, pero, a la vez, comprometido. En sus ciento noventa y una páginas, desde el prólogo del ex Intendente de Canelones-Comuna Canaria, Don Marcos Carámbula Volpi descendiente del Maestro, hasta la décima que cierra esta obra, late la pasión de Felipe Bermúdez, su pasión de siempre, por la gente buena injustamente pisoteada.

 

Es ‘El huerto de la memoria’ una obra dura. Porque dura fue la vida y el final de aquellas y aquellos a los que, como al Maestro, se les robó el honor y la memoria en una de las tantas caras negras de cualquier dictadura: el asesinato civil, la muerte de la imagen y el recuerdo.

 

Juan Cabrera Carámbula, muy lejos de ser un delincuente ni de merecer uno solo de los castigos que cayeron sobre él, fue un buen maestro y buena gente, que merece un reconocimiento. El investigador y divulgador, Felipe Bermúdez, ha dado el primer paso, imprescindible: sacar a la luz la verdad de la vida de un justo injustamente ajusticiado. Como en la vida de este majorero de Tetir y en el momento de su entierro, mucha gente de Fuerteventura hace suyo el recuerdo de este emigrante. Corresponde ahora a las autoridades, al Ayuntamiento de Puerto del Rosario y el Cabildo de Fuerteventura, dar forma (por ejemplo, en una calle y en un nuevo Premio Fuerteventura a la Memoria Histórica) que inmortalice este ajuste de la memoria, nuestra memoria colectiva

 

… Que es tanto como decir, a los cuatro vientos -y que llegue desde aquí hasta Canelones- que, en vez de avergonzarnos y enterrarlos en el olvido, sentimos orgullo de gente majorera como Juan Cabrera Carámbula, luchadores de la libertad, la justicia y la democracia. Una lucha y unos valores a los que debemos mucho del bienestar y los derechos que disfrutamos.

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