En estas nuevas oleadas migratorias Los Gobiernos de España y de Canarias ni están ni se les espera…

Colapso total’. Así de breve, con esa contundencia, resumía la situación actual de la respuesta a la llegada de personas migrantes en pateras y cayucos a Canarias el portavoz de una organización que ha acreditado rigor e implicación en el abordaje de un fenómeno tan complejo como el de la inmigración.

Y, a estas alturas, los directos responsables, que son los Gobiernos de Pedro Sánchez y de Ángel Víctor Torres, no pueden alegar sorpresa, imposibilidad de prever los acontecimientos o cualquier otra disculpa. Porque han pasado ya dos décadas desde que apareciera la primera embarcación por nuestras costas.

En aquellos momentos sí que hubo que reponerse rápido de lo que era para estas Islas un hecho completamente nuevo y exigir a un Gobierno de España que, ya entonces, andaba más o menos igual de ausente que el actual, al menos un poco de voluntad y capacidad de respuesta. Voluntad y capacidad que sí han acreditado, antes como ahora, colectivos como las fuerzas y cuerpos de seguridad locales y del Estado o las entidades en las que se organiza y a través de las que actúa la sociedad civil.

Ha tenido el Gobierno del Estado, por tanto, una veintena de años para enterarse de que, sea a través del Estrecho o sea por las Islas, a temporadas de pocas o ninguna llegada les suceden etapas de flujo de un importante número de personas que quieren saltar y son traídos a nuestro mundo de bienestar.

Con esa experiencia y tanto tiempo, es lógico deducir que algo habrán organizado. Veamos:

Para empezar, la cooperación al desarrollo, que constituye la mejor estrategia para apoyar la mejora de las condiciones de vida en los países desde los que salen estas personas. La mejor manera, por tanto, de hacer evitable que tengan que romper sus vidas y con su entorno para buscarse las oportunidades que allí no encuentran. Siendo esto evidente, resultaría esperable que nuestro país y su actual Gobierno hayan aumentado los fondos y la eficacia de esta política.

Pues bien, un reciente informe de la Coordinadora de Organizaciones para el Desarrollo resume claramente el estado de la cuestión cuando presenta a una ‘España, estancada a la cola de Europa y alejada de una cooperación a la altura de los retos mundiales. (…) El compromiso con esta política pública es claramente insuficiente. (…) Aleja al Gobierno del compromiso de Pedro Sánchez de “Fortalecer y recuperar la política de cooperación al desarrollo como elemento definitorio de la política exterior”. (…) La Ayuda Oficial para el Desarrollo española se sitúa en 2.938 millones, un 0,23% de la Renta Nacional Bruta (RNB). Esto implica situarse fuera de la ruta para alcanzar el compromiso asumido en noviembre de 2017 por todos los partidos políticos en la PNL 161/0202620 para alcanzar el 0,4% al final de la legislatura. España – con un 0,19% de esfuerzo de AOD ejecutada en 2017 –, además, continúa a la cola de la Europa de los 15, solo por delante de Grecia’.

No presenta mejor panorama la apuesta por la cooperación en los restantes niveles de la Administración en nuestro país. Por tanto, en lo que depende del esfuerzo de nuestras autoridades, poco se ha hecho para que tanta gente inocente no se vea empujada a subirse a una embarcación para, simplemente, buscarse una vida mejor.

Pero es que, además, la inmensa mayor parte de estas personas embarcan hacia Canarias desde territorio de Marruecos, ese vecino siempre incómodo, cuya élite ha sabido explotar con maestría el mimo que le da el mundo rico a cambio de servir de muro de contención de toda la inestabilidad que hasta aquí pudiera llegar desde el continente vecino.

¿Puede alguien creer que, en un Estado policial, como el marroquí, se escape una sola embarcación sin ser detectada por sus dispositivos de seguridad? En otras palabras, parece sensato pensar en, al menos, la complicidad de ese aparato estatal. Ante esa evidencia, ¿no es capaz de conseguir el Gobierno de España que Europa, que da un trato muy especial a Marruecos con importantes ayudas o aranceles privilegiados a la entrada de sus productos de exportación, exija como contrapartida a los gobernantes de este país que eviten que este brazo de Atlántico siga siendo el cementerio en cuyo fondo reposan tantas vidas truncadas?

Además, para que estas aguas estuvieran permanentemente vigiladas, se instaló en su día el Sistema Integral de Vigilancia Exterior (el conocido ‘Sive’), que vino a visitar el propio Presidente Zapatero. A fecha de hoy, buena parte de sus radares están fuera de servicio, la mayoría oxidados por falta de mantenimiento, por lo que los recursos de atención suelen activarse cuando están llegando las embarcaciones o ya sus ocupantes se han dispersado, tierra adentro. Sin contar a quienes naufragaron sin ser detectados y auxiliados y nunca llegarán.

En tiempos de soluciones tecnológicas (como las que ofrecen, por ejemplo, los drones), vigilar los menos de cien kilómetros de mar que nos separan del continente africano debe resultar más cuestión de auténtica voluntad política que de posibilidad técnica. Porque resulta viable, sin duda. Pero ni se habla del asunto. Al menos, que se sepa…

Siguiente paso: los dispositivos de acogida. Un terreno fundamental, en el que no se ha avanzado absolutamente nada en esta veintena de años. Ni se han articulado redes mínimamente estables, ni hay un solo centro de titularidad pública que no haya sido cerrado y abandonado (y aún quedan pendiente de explicación y depuración de responsabilidades los ¡4,6 millones de euros! de fondos públicos que se derrocharon en gastos de mantenimiento para el C.I.E. de El Matorral después de 2012, año en que quedó cerrado a cal y canto). Sería razonable disponer de una red de espacios adecuados y dispuestos. Y cuenta el Estado con instalaciones fuera de servicio en las islas que muy bien podrían estar habilitadas para esta finalidad.

Pero no. Una vez más, siempre improvisando desde el Gobierno, siempre superados por acontecimientos que son previsibles, se tira de la inagotable voluntad de entidades sociales, a las que se endosa la atención a estas personas y que incluso, ante la falta de recursos -que el propio Gobierno no les facilita, como es su obligación-, se ven en la necesidad de activar la solidaridad espontánea de la ciudadanía para contar con algo tan elemental como productos de aseo o ropa y zapatos.

Una demostración bien clara de esta desorganización se viene produciendo, últimamente, de manera sistemática: se convierten muelles en improvisados espacios de acogida, se intenta montar un centro en carpas en un polígono industrial… Y, la última (de momento…):  la contratación de establecimientos hoteleros para dar acogida a las personas que llegan en pateras. Cada uno de esos pasos, con las reticencias o el rechazo de cada Ayuntamiento en el que sitúan o intentan instalar esos recursos. Una y otra vez, se vuelve a reincidir en las soluciones parcheadas y de urgencia, sin las más mínimas reflexión y planificación, que sólo permiten salir del paso, una vez más, y volver al punto de partida en la siguiente -y segura- oleada migratoria.

Sea cual sea el destino final de este viaje a la esperanza para cada persona inmigrada, tampoco se conocen otros programas organizados para su integración en esta sociedad que los que -una vez más, echando mano de la buena voluntad de la gente- desarrollan las organizaciones no gubernamentales, tantas veces sin más medios que alguna subvención pescada al vuelo y el buen rollo del personal de la administración y los movimientos asociativos, que les facilitan cuanto pueden los trámites, el acceso a recursos y actividades…

Y no debe resultar tan complicado. Por ejemplo, a principios de este siglo, cuando ya Fuerteventura registraba más de un centenar de nacionalidades (con población llegada por distintas vías y en muy diferentes situaciones legales), se impulsó, en esfuerzo coordinado entre administraciones y entidades sociales, un ambicioso programa que, con la actividad cultural y deportiva como escenario, tuvo mucho que ver con que aquí apenas se oyera ‘ruido’ de confrontación y en que esta comunidad haya crecido enriqueciéndose con nuevos miembros que traen y aportan diversidad de cultura, de experiencias, de habilidades…

Hacer las cosas así, bien, además de posible, es la mejor manera de evitar los brotes de rechazo, que tanto gustan a los intransigentes, que tienen -están teniendo- en ellos el caldo de cultivo perfecto para legitimar su discurso cavernícola y crecer en simpatía e implantación social. Especialmente en momentos de pandemia, que se complican por días y van a traer consigo una buena dosis de ‘sálvese quien pueda’.

En resumidas cuentas, en la respuesta planificada a la inmigración que llega por nuestras costas, las Administraciones del Estado y de la Comunidad Autónoma ni están ni se les espera. Y no basta poner cara de circunstancias ni apelar al buenismo. O echar ‘a los leones’ a un Delegado del Gobierno que, en la práctica, está más para dar la cara y justificar lo injustificable, que para liderar y organizar una estructura estable y solvente de respuesta a esta situación. En estos terrenos, en los que tanto está en juego, seguir no haciendo casi nada es la mejor manera de que un fenómeno que ha sido constante a lo largo de la historia de todos los pueblos se convierta, entonces sí y aquí, en un problema.

Al Gobierno del Estado le corresponde la tarea -que no ha iniciado- de articular un plan global con acciones políticas que eviten o disminuyan estos procesos, además de mecanismos flexibles de respuesta que estén siempre preparados para activarse cuando surgen los picos de llegadas. A las autoridades canarias, no dejar pasar una a ‘Madrid’ hasta que esa política global esté garantizada. Como muchas y muchos nos tememos, al Gobierno de España le van a seguir quedando lejos estas personas y estas islas y del ejecutivo canario y su Presidente poca contundencia cabe esperar… Eso significa que continuará la ‘pésima gestión’ de este asunto, como denuncia el periodista y Premio Canarias Pepe Naranjo, lo que supone seguir abonando y ahondando en un escenario de conflicto.

Porque, como titulaba Sami Naïr uno de sus libros (cuyo subtítulo constituye toda una declaración: ‘Las migraciones en tiempos hostiles’): ‘Y vendrán’. Y van a seguir viniendo. Que nadie se engañe…

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